Robert Gober (Wallindorf, Connecticut, Estados Unidos, 1954) es un artista que ha convertido sus propios traumas vitales en obra de arte, en una suerte de camino catárquico para poner en evidencia el miedo humano a la muerte, a la transformación que se sufre con la educación, con la relación con otros seres humanos, y con los elementos represores a los que nos enfrentamos en el día a día, con esas tragedias que a fuerza de cotidianas ya a nadie importan o a las que apenas si prestamos atención.

La familia como ámbito de represión es algo que se pone de manifiesto en la obra de Gober, nacido en el seno de una familia de rígidos principios cristianos, y en ese ámbito recibió una educación que luego toma forma en su obra, por ejemplo, de cuna con los barrotes torcidos en una suerte de alegoría acerca de la represión, del aislamiento. Objetos muchos de ellos que remiten al La fuente de Duchamp, aquel urinario que colocó en posición invertida en una pared dando lugar a una de las obras más subversivas de la historia del arte.

Una de las diferencias entre la obra de Gober y la de Duchamp, es que el primero no utiliza el concepto de ready-made, sino que sus sanitarios están construidos en madera y yeso a los que dota de una escala mayor de la real y a los que dota de un contenido siniestro, inquietante en su silencio como esas puertas entreabiertas detrás de las cuales no sabemos que es lo que puede estar ocurriendo.

Inquietantes como esas piernas amputadas, realizadas en cera y vello humano real, por paredes o paisajes y que nos hacen preguntarnos cómo es que han llegado hasta ahí y en qué circunstancias se puede haber producido esa amputación, mucho más inquietante cuando coloca unas velas sobre esas piernas como si formaran parte de algún extraño ritual mistérico. En todo caso la idea de la fragilidad del ser humano es evidente.

Otras veces nos colocará ante cuestiones de tipo social y político, como cuando utiliza un papel pintado en el que se combinan un hombre negro ahorcado mientras un hombre blanco duerme plácidamente ajeno a un drama que, casi con toda seguridad, no le importa lo más mínimo. Lo mismo que el drama del SIDA, que en sus inicios se asociaba únicamente a la homosexualidad, al que alude con una serie de fregaderos blancos con los que quiere transmitir la idea de que “cada uno cuide de sí mismo, porque nadie se ocupará de los jóvenes gays”, en palabras del mismo Gober.

Este artista toma elementos de lo olvidado de los restos de nuestras vidas (botellas vacías, periódicos apilados en una esquina, fotografías de un túnel de autopista…) que cuentan historias de violencia pero también de esperanza. De eso último se observa en una serie de obras que hizo después de los atentados del 11-S en Nueva York, con una serie de dibujos de parejas abrazadas sobre papel de periódicos publicados al día siguiente, y que, como escribe Montse Badía en su artículo Revisitando a Gober, nos dice que “ante la incertidumbre y la impotencia, la intimidad y el contacto con el otro eran la única respuesta posible, la única certeza”.

Por su parte, Ángela Molina en el periódico El País del 4 de agosto de 2007, en el artículo Reconstrucción del vacío escribió: “La narrativa de Gober es de una interiorización radical. Pero tiene un punto de partida: la casa (Slides of a Changing Painting, 1982-1983), el lugar de la infancia y lo ordinario. A partir de ahí, Gober cristaliza su “yo” dividido en objetos que son partes del cuerpo: piernas peludas, genitales, torsos andróginos, extremidades que se apilan para hacer un fuego casero. Puertas entreabiertas que borran toda barrera entre el interior y el exterior, manantiales subterráneos de los que fluye un rumor inquietante. Los periódicos se apilan en la penumbra de un rincón: cientos de traumas cotidianos han sido arrojados al silencio de un desván. Vidas y muertes reales agazapadas bajo el polvo de noticias, sucesos, tragedias. Nadie las ve. Son tan mundanas que acaban siendo invisibles. La serie de fotolitografías New York Times for September 12, 2001 muestran unos delicados dibujos sobre páginas de periódicos de dos hombres desnudos, sin rostro, fundidos en un íntimo abrazo. Anuncian la ley básica de la existencia: la pasión de la naturaleza humana de eludir la conciencia de la muerte.”